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Un Homenaje al Dr. Enrique Arrieta Silva

Pedro Núñez López

Nos cuenta el abuelo del semillero más popular de Durango. Unos le decían Pinocho y otros el Jefe Cejas, él respondía por igual a cualquiera de los dos apodos. Su centro de operaciones era la Plaza de Armas, cargaba embrazada una canasta de mimbre repleta de alcatraces y semillas que vendía valiéndose de una cascaroleta de refresco aplanada. Vestía de saco y gorro parecidos a los de Avelino Pilongano, personaje de la Familia Burrón. Era apreciado por todos y él lo sabía pese a su aire distraído. En poco tiempo agotaba su mercancía y la plaza quedaba cubierta con una alfombra de cáscaras de semillas.

Dice el abuelo de los gritones del cine. Cuando rifaban los cines Principal, Victoria, Imperio y Durango, allá por los años sesenta y 70, aparte de los besos de los novios, que eran más apasionados que los de las películas, eran de llamar la atención los gritos de jóvenes escandalosos en algunas escenas de la película que se estaban proyectando. Unos resultaban ingeniosos y hacían reír al público en general, y otros francamente eran tan desafortunados y desangelados que daban vergüenza ajena. Con la modernidad vinieron las salas de cine, se fueron los gritones y se pudo gozar las películas en santa paz.

Platica el abuelo de las jóvenes casaderas de Tepehuanes. Cuando los padres de una joven casadera eran informados de que se iba a pedir su mano, la hacían colocarse un delantal blanco y la ponían a moler chile rojo seco hincada en un metate. Si la casadera terminaba su prueba sin haber manchado su albo delantal, estaba preparada para el matrimonio, de lo contrario no. 

Cuenta el abuelo del Zancas, de Cuencamé. Por los años setenta y ochenta, no podía uno pasar por Cuencamé, sin llegar a desayunar o a comer con el Zancas. Se trataba de un salón amplio, tipo mesón, en el que diez cajetes grandes o más ofrecían comida mexicana deliciosa: mole, picadillo rojo y verde, frijoles refritos con queso espolvoreado, huevos revueltos con papas y rajas, enchiladas rojas, chilaquiles verdes, carne en diversas preparaciones, y lo que el Zancas anunciaba con especial orgullo del rico bufet: caldillo durangueño con carne de venado. Desde luego que los comensales sabíamos que la carne de venado era imaginaria, pero fingíamos creerlo. Lo que hacía delicioso aquel bufet, además de la comida, era que el Zancas alegraba el agasajo con sus puntadas a voz en cuello, por ejemplo, si veía entrar al bufet a un gordo,  fingía alarmarse al mismo tiempo que exclamaba que lo iba a pesar antes y después de que comiera. Tipo simpático, era el Zancas de Cuencamé. 

Confirma el abuelo de que la catedral de Durango, es propiedad de la Nación. Por expediente que obra en el Archivo de la Casa de la Cultura Jurídica de Durango, número 15/946, se puede saber que por resolución 11 de septiembre de 1946 del juez de distrito J. Jesús Hermosillo, la catedral, al no estar registrada su propiedad en favor de persona alguna, de conformidad con el artículo 27 Constitucional pasó a ser propiedad de la Nación, en virtud de las diligencias de Jurisdicción Voluntaria promovidas por el Agente del Ministerio Público Federal Ernesto Alcocer.

Nos cuenta el abuelo de la Cueva de la Ciega. Entre El Ancón y Tecolotes, en la abrupta serranía se encuentra la Cueva de la Ciega. Debe su nombre a que, durante los tiempos gloriosos de la Revolución Mexicana, en la que la familia de Domingo Arrieta representó un papel estelar tanto a nivel estatal como nacional, momentos hubo en los que tenían que vivir de cueva en cueva para escapar de sus perseguidores. En uno de esos episodios tenían con ellos a la niña Jesusa Nevárez Arrieta, hija del revolucionario Protasio Nevárez Avitia y de Luz Arrieta León, hermana de los generales Arrieta. Jesusita sufrió daño en los ojos por la lumbre de la leña y las nevadas copiosas. Viviría privada de la luz de sus ojos, pero orgullosa de haber colaborado al triunfo de la Revolución en la que perdió la vida su padre. Hasta la fecha, se le conoce como la Cueva de la Ciega.

Relata el abuelo de la muerte en el ruedo de Juan Jiménez el Ecijano. Écija es un municipio español, y una ciudad enclavada en la provincia de Sevilla. Desde ese lejano lugar vino el matador Juan Jiménez el Ecijano para torear en la plaza de toros de Durango, en donde encontró la muerte al caer fulminado por un infarto en el momento que se disponía a entrar a matar, el 5 de febrero de 1899. Sus restos se quedaron con nosotros en el Panteón de Oriente, parte vieja. Allí se levanta una cruz de granito como de cincuenta centímetros, con la inscripción: «GRAN TORERO JUAN JIMENEZ (sic) ‘EL ECIJANO’ 5 DE FEBRERO 1899 REC. TU NIETA Y BISNIETOS 28 AGO 99.» Detrás de la cruz, se encuentra la tumba de cantera, aproximadamente de metro y medio de altura, en cuyo frente puede leerse: «MONUMENTO A LA MEMORIA DEL INFORTUNADO MAESTRO JUAN JIMENEZ ECIJANO POR SU FAMILIA Y LA CUADRILLA MEXICANA.» En el costado derecho de la tumba: «NACIO (sic) EN ECIJA ESPAÑA (sic) EL 24 DE JUNIO DE 1858 Y FALLECIO (sic) EN ESTA EL 5 DE FEBRERO DE 1899.» En el costado izquierdo: «DESCANSE EN PAZ NUESTRO QUERIDO MAESTRO Y RUEGUE A DIOS POR SU CUADRILLA Y POR SU HIJO.» En la parte posterior: «ESPADA CONSTANTINO QUILEZ ENGUILERO, PICADORES JOSE COYRO Y FRAN FRANCO, BANDERILLEROS FRAN AGUIRRE, JUAN SAMORA (sic), NARCISO SANCHEZ, JOSE GONZALEZ(SIC), REPRESENTANTE ALBERTO MORALES.» Si hay verdadera afición taurina en Durango, y creo que la hay, cada 5 de febrero debería hacerle una ceremonia al Ecijano en su tumba, tan solitaria y tan abandonada. 

Imágenes obtenidas del grupo Durango Antiguo del Facebook texto del libro Instantaneas Duranguelas del Dr. Enrique Arrieta Silva.

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