7 de los casos más curiosos y extraños en la historia de la medicina

La historia de la medicina puede ser tan extraña como fascinante.

Los dientes que explotaban

Hace 200 años, un clérigo de Pennsylvania, Estados Unidos (identificado solo como “el Reverendo D.A.”) comenzó a padecer un dolor de muelas insoportable. Fuera de sí por la agonía, hizo todo lo posible para aliviar el dolor: correr por su jardín como un animal enfurecido, golpearse la cabeza contra el suelo y hundir la cara en agua helada.

Desafortunadamente, todos esos intentos fueron en vano. A la mañana siguiente, el clérigo caminaba de un lado a otro por su estudio, agarrándose la mandíbula, cuando de repente “un estruendo agudo, como un disparo de pistola, rompió su diente en pedazos, dándole un alivio instantáneo”.

Extrañamente, la explosión del canino del sacerdote fue el comienzo de una epidemia de dientes explosivos que eventualmente sería reportado en una revista dental bajo el llamativo título: “Explosión de los dientes con un informe audible”. Al parecer, el dolor de muelas de una mujer joven terminó de forma espectacular cuando su muela adolorida estalló con tal violencia que casi la derribó, ensordeciéndola durante varias semanas.

¿Qué pudo haber causado estas explosiones dramáticas? Los expertos propusieron numerosas teorías, que iban desde cambios bruscos de temperatura hasta los productos químicos utilizados en los primeros empastes. Ninguno de estos argumentos, sin embargo, fue particularmente convincente, por lo que el caso de los dientes que explotaban sigue sin resolverse hasta la fecha

 

El marinero traga cuchillos

En 1799, un marinero estadounidense de 23 años llamado John Cummings desembarcó para pasar la noche con sus compañeros en el puerto francés de Le Havre. Allí, el grupo vio a un mago que entretenía a una gran audiencia pretendiendo que tragaba cuchillos. Más tarde esa noche, Cummings, que ya estaba muy borracho, se jactó de que podía tragar cuchillos “igual que el francés”. Animado por sus amigos, el temerario marinero se metió su cortaplumas en la boca y se lo tragó.

Cuando un espectador le preguntó cuántas navajas podía tragarse al mismo tiempo, Cummings respondió: “¡Todos los cuchillos a bordo de la nave!”, antes de consumir tres más. Fue una hazaña impresionante, si bien fue una idiotez. Aunque Cummings no intentó tragar más cuchillos por seis años, en 1805 quiso lucirse en una fiesta y repitió su actuación frente a un grupo de marineros. Pero no pasó mucho tiempo hasta que Cummings comenzó a sufrir los efectos negativos de su “dieta” poco ortodoxa.

Un terrible dolor abdominal hizo que comer se volviera cada vez más difícil y comenzó a morir de hambre. Finalmente falleció en 1809 después de una larga enfermedad. Sus médicos, que no habían creído su historia de que había comido cuchillos, quedaron inicialmente desconcertados, hasta que diseccionaron su cuerpo y se asombraron al descubrir los restos corroídos de más de 30 cuchillos dentro de su estómago e intestinos, uno de los cuales incluso perforaba su colon.

 

La cura de anca de paloma

Los médicos del siglo XIX empleaban una amplia gama de remedios extraños, pero pocos eran tan extraños como el recomendado por el médico alemán Karl Friedrich Canstatt. El eminente especialista en enfermedades infantiles daba la siguiente receta para tratar las convulsiones infantiles: “Si uno sostiene el anca de una paloma contra el ano del niño durante el ataque, el animal muere pronto y el ataque cesa con la misma rapidez”.

Fue una idea excéntrica y, curiosamente, el doctor Canstatt no fue el único médico que creía que funcionaba. Cuando el director del Hospital Infantil de San Petersburgo, Dr. JF Weisse, fue convocado para tratar a un niño que estaba gravemente enfermo, una noche en agosto de 1850, tuvo poco éxito con los medicamentos convencionales. Desesperado, pidió a los padres que consiguieran una paloma. “Después de que el ave se aplicó al ano del niño”, anotó en un diario médico, “jadeó para respirar varias veces, cerró los ojos periódicamente, luego sus pies se contrajeron en un espasmo y finalmente vomitó”.

El niño se recuperó milagrosamente, aunque no se puede decir lo mismo de la paloma: después de rechazar su comida, murió unas horas después. Cuando las noticias sobre la “cura de anca de paloma” llegaron a las revistas médicas de Londres, causaron muchas risas. Pero Weisse ignoró las burlas e instó a una mayor investigación: “Los experimentos con otras aves de corral son necesarios”, escribió, aparentemente en serio.

 

Una molestia ardiente

La halitosis, también conocida como mal aliento, es una condición incómoda y vergonzosa, pero rara vez es peligrosa.

En 1886, un hombre de Glasgow, cuyo nombre se desconoce, que había estado sufriendo de mal aliento durante aproximadamente un mes, desarrolló un nuevo síntoma preocupante. Al despertarse en medio de la noche, prendió un fósforo para mirar su reloj. Cuando intentó soplarlo, su aliento se prendió fuego, causando una tremenda explosión.

Su esposa se despertó de inmediato y encontró a su esposo escupiendo fuego como un dragón dispéptico. El médico del hombre nunca había escuchado algo similar y al principio nadie sabía qué podría haber causado este fenómeno inusual. Pero luego otro médico escocés, James McNaught, se encontró con un paciente tan afectado por eructos combustibles que tuvo que dejar de fumar por temor a incendiar su casa.

Al pasar un tubo dentro del estómago del hombre, el doctor McNaught pudo analizar el contenido. Descubrió que una obstrucción en el intestino hacía que el contenido del estómago del hombre se fermentara, produciendo grandes cantidades de metano inflamable.

 

 

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