Bardo

Por Daniela del Palacio

No sé si debo o quiero defender todo lo que es increíblemente logrado en “Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades” último filme de González Iñárritu sólo para no sentir que perdí parte valiosa de mi día en una larguísima película que como un “todo” es terriblemente innecesaria y “mal lograda”.

Se dice que cuando el fondo de una película es complicado, la forma debe ser sencilla y viceversa. Postura con la que definitivamente Iñárritu no concuerda, pues ha entregado un largometraje de una fotografía despampanante a cargo de Darius Khondji, un diseño de producción increíble ofrecido por Eugenio Caballero, actuaciones convincentes para haber intentado que Giménez Cacho no leyera el guión antes de grabar; y todo lo anterior para intentar contar una historia onírica, llena de saltos temporales, soliloquios casi eternos, innecesarios y aburridos.

Dentro de este “fondo” complicado en una “forma” complicada, el director expió su vida. No encuentro palabra más apropiada por el momento. Iñárritu hizo catarsis de todas sus culpas, miedos e ideas a través de una película con la que quería ser elogiado, admirado, casi idolatrado. Porque si algo podemos ver es que Silverio Gacho, es decir, Iñárritu, es (son) un egocéntrico que ya le ha contestado a todos sus críticos dentro de la misma película, en caso de que estos en vez de idolatrarlo, lo critiquen o cuestionen.

Estos largos diálogos donde Iñárritu = Silverio se expresa respecto al ego del artista y la postura de sus críticos recuerdan a “Malcolm y Marie”, de Sam Levinson, porque se trata de un director expresándose, expiándose, a través del actor, anticipando todas las críticas y todas las respuestas, contestando estas últimas y siendo él quien inicia y termina el debate, porque ya ha expuesto su postura, la postura del otro y la síntesis. Iñárritu se percibe tan hábil como cineasta que ha logrado expresarse, anticipar la respuesta y ofrecer un veredicto.

Sin embargo, hay en la grandilocuencia de su largometraje una serie de “puntos flojos” donde el director no se da cuenta de cómo se proyecta o no le importa ser visto, por ejemplo, como clasista o como privilegiado carente de empatía. Así lo vemos en tres ocasiones muy puntuales.

La primera, cuando Iñárritu = Silverio entra a las comodidades del complejo donde se hospeda sin importarle que su hija y una mujer racializada no hayan ido con él. El evento no tiene seguimiento dentro de la película, está ahí para decir “México es clasista, es racista, es desigual”, pero el planteamiento se vuelve efímero, la situación de la mujer “de servicio” no es un tema que se sostenga durante la larga duración del filme, e Iñárritu, al igual que Silverio, continúa en lo suyo: un privilegio que sabe que posee y que no le importa ejercer.

La segunda ocasión es cuando en un diálogo con su hija, Iñárritu = Silverio intenta persuadir a la joven de vivir en México pues ahí su triste realidad sería la de usar guaruras y vivir en un fraccionamiento cerrado. Para Iñárritu, la pesadilla de ser mujer en México se resume a ser una persona acaudalada que se ve forzada a contratar seguridad privada. Aparentemente le falta empatía, por decir lo menos.

En tercer lugar, una calle Madero llena de mujeres asesinadas, mujeres desaparecidas dice realmente nada. Para el director se trata de él, Silverio, viendo la dimensión de la catástrofe. Las victimas no tienen rostro, están despersonalizadas, no tienen nombre. Sólo son muchas.

En suma, el discurso cinematográfico de Iñárritu fue grandilocuente, innecesario, casi intrascendente. Sin que esto ponga una lápida en la carrera del director, pues hay, como siempre, películas mejores que otras en la trayectoria de un cineasta.

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