Efectos emocionales del cáncer

Dra. Ma. Luisa Rivera García
Facebook: Ma. Luisa Rivera
Correo electrónico: marialuisa0505@gmail.com

La afamada escritora y fotógrafa Susan Sontag escribió un libro sobre las metáforas de la enfermedad, en él analiza los diferentes prejuicios que tenemos frente a las enfermedades. Ahí observa como la sola mención del cáncer es atroz para quien fuera diagnosticado con el padecimiento y/o para cualquiera que sea cercano al paciente. Inmediatamente se asocia a muerte, dolor, sufrimiento y gastos inconmensurables.

Y en parte es así, pero no siempre el tema es, que la sola idea prejuiciosa nos puede llevar a vivirlo tal cual. Habrá que desmenuzar un tanto: no todo los canceres son mortales, no todos son dolorosos y hay buenas alternativas de tratamiento en los servicios de Salud Pública.

El tratamiento tendrá que ver con lo avanzado del cáncer, con la edad y condición física del paciente, con el lugar del cuerpo donde surja, donde se albergue el cáncer y desde luego con la fortaleza emocional del paciente.

A mayor resiliencia, mayor posibilidad de combatir el malestar físico y viceversa.

¿Y cómo enfrentarlo desde lo emocional?

Primero reconocer a ciencia cierta la situación personal del padecimiento. Partir de lo de real del diagnóstico, tomando en cuenta que todo diagnóstico tiene margen de error. Todos hemos sabido de sobrevivientes de cáncer u otros padecimientos que tenían un diagnóstico muy reservado, incluso de poca expectativa de vida, que sobreviven muchos años con buena calidad de vida. Tomando esto en cuenta, establecer un plan de tratamiento de acuerdo al oncólogo de nuestra confianza, a nuestra ideología, posibilidades y creencias. Seguir un tratamiento en el que no confío o que choque con mis creencias; tendrá un resultado pobre.

Pensar que emocionalmente no se necesita apoyo, es totalmente irreal, desde un principio se pasarán situaciones para las que no se está preparado. Se va a necesitar apoyo profesional de un especialista y de un sacerdote (según las creencias religiosas) bien preparados, en quienes se confíe y se pueda expresar miedos, angustias, enfados, resentimientos, incertidumbres, etc. Sólo hablar de lo que se está padeciendo ya produce alivio y conciencia de sí.

Igualmente es importante contar con una red de soporte emocional de familiares y amigos. La falta de apoyo emocional familiar puede provocar mayores niveles de ansiedad y angustia. Amén del apoyo “operativo” de acompañamiento, traslados, buscar y proporcionar medicamentos, etc. El calorcito de los cercanos siempre hará más dulce cualquier trayecto por escarpado que sea.

Ahora bien, el padecimiento (sea el que sea) puede cambiar los estados de ánimo de cualquier paciente y de sus cercanos, en muchos casos se tornarán más irritables, impacientes, imprudentes o deprimidos. En ocasiones el paciente puede volverse demandante en exceso.  En otras, los familiares asustados frente al enfermo, pueden tornarse demasiado protectores o paradójicamente distantes. Si estamos del lado de los familiares nos toca conservar la calma y si es necesario buscar también el apoyo profesional, de este lado toca estar fuerte para contener con calidez al enfermo,  vamos a tener que hacer acopio de nuestros recursos propios pero sobre todo, del amor que tengamos por el enfermo.

Existen casos en donde además se padece dolor físico, este generalmente se trata con medicamento. También podrá presentarse un agotamiento excesivo (el organismo está librando una batalla interna).

La  manera de enfrentar estos y otros síntomas es lo que requiere apoyo profesional y lo que marca la diferencia anímica, que permita una mejor respuesta física.

Incluso al concluir el tratamiento físico, es necesario dar seguimiento al tratamiento emocional, las condiciones cambian y habrá que adaptarse a lo nuevo, aún si lo nuevo es positivo, es un cambio que podrá traer emociones contrastantes o difícil de entender, tanto desde el paciente como de su red de apoyo.

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