Escribir para liberarnos

Por Liliana Salomón Meraz

Desde niña me gustaba leer el periódico y la revista Selecciones del Readers Digest. Pasaba horas leyendo las noticias durante largas horas, que transcurrían sin darme cuenta, pero sobre todo, poniendo especial atención a los artículos de Selecciones, mientras cuidaba y atendía la tienda de mi madre.

Disfrutaba cada historia, en la que la naturaleza humana siempre demuestra su bondad; el cómo mucha gente lograba superar las adversidades que le sucedían a través de algún accidente; un hijo con una enfermedad del que toda la familia lograba salir victoriosa, y los finales, no siempre, pero muchas veces felices, de los involucrados.

Quizá eso dio pie para que alrededor de mis 10 años empezara a escribir a hurtadillas las situaciones que me acongojaban: el bullying del que era víctima en la secundaria, dado mi sobrepeso y mi extrema timidez; el hecho de vivir en un hogar en donde mi padre, que siempre estuvo ausente, regresó queriendo imponer su voluntad, casi siempre alcoholizado; y el hecho de haber cargado con una responsabilidad de adulto que no me correspondía para aportar al sustento de la casa, ocupando su lugar, perdiendo de esa forma, mis mejores años, mi infancia, los cuales pasé atendiendo una miscelánea, mientras mis amigos aprendían a nadar o a andar en bicicleta.

La escritura, desde mi primera década, fue una herramienta de liberación. Esa especie de diario que mantenía escondido, una ayuda incondicional para evitar encerrarme aún más en mi caparazón. Luego, cuando la libreta se llenaba, terminaba ardiendo en el destartalado bóiler de leña, borrando de esa manera, cualquier amargura o confesión.

Estoy tan convencida de que la escritura es una herramienta sanadora, porque fue mi tabla de salvación en un campo de batalla tan caótico que no hubiera podido soportar, y que aminoró las secuelas de una infancia no del todo feliz. Si los adultos supieran el daño que le hacen a sus hijos sabotéandoles sus sueños, pensarían dos veces lo que hacen y actúan, sin embargo, estamos en un mundo de gente rota y destruida que simplemente sigue patrones de conducta de manera irracional. Bien dicen que infancia es destino.

La escritura terapéutica es una herramienta que podemos utilizar con mucha disciplina y con una metodología, acompañada de un conjunto de herramientas que trabajadas de manera correcta nos permiten el bienestar en el aspecto físico, mental y emocional. Cabe aclarar que la escritura terapéutica no consiste en desahogarse en un papel y no hacer nada más que eso.

En este tipo de terapia, la escritura se debe practicar como un hábito y con una serie de ejercicios encaminados a mejorar determinado aspecto de nuestra vida. Al momento de escribir, nos debemos olvidar de todo lo referente a ortografía, gramática y puntuación. Una importante recomendación es que escribamos a mano, olvidándonos de la tecnología.

Asimismo, debemos elegir un lugar tranquilo, un espacio personal en el que no podamos ser interrumpidos o podamos distraernos con facilidad. Para ello también es preciso apagar el teléfono celular y tomarnos esos minutos para nosotros mismos.

La escritura como terapia nos permite acceder a nuestro interior y sacar desde lo más profundo sus tesoros, sus traumas, lo que se encuentra arraigado en la oscuridad, para darle luz, pero para lograrlo, necesitamos tener la más firme intención y compromiso de que así sea.

Algunos de los beneficios prácticos de la escritura terapéutica es que nos ayuda a mejorar nuestro estado de ánimo, a liberar emociones que a veces nos tambalean; a mejorar nuestra autoestima; a disminuir la ansiedad; a resolver conflictos internos, a mejorar nuestra creatividad, a comprendernos mejor, pero sobre todo a desencadenar lo que nos agobia. Al sentirnos libres, todo lo demás vendrá por añadidura.

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