Estigmatización de la locura

Mtro. Sergio Luis Hernández Valdés
Facebook: @SergioHernándezsoc
Correo electrónico: shvaldes1@hotmail.com

“¡Estás loco!” es la exclamación que decimos cuando alguien hace o dice algo fuera de lo común. Tanto hemos utilizado el término que ya hasta la palabra ha perdido el significado. Para hablar de alguien que tienen alguna enfermedad mental, he escuchado que muchas personas tienen que aclarar que alguien está loco “en serio”.

En cualquier contexto, las palabras “loco” o “locura” por lo general tienden a asociarse con algo negativo. Y no tiene por qué ser así. En nuestra sociedad existe la idea de que tener alguna enfermedad mental es producto de ser una persona débil y vulnerable. Sin embargo, es importante recordar que las enfermedades mentales, como todas, tienen la función de mostrarnos algo que está ahí sin resolver, constituyendo una llamada de atención justo para eso, para atendernos. La crisis, la enfermedad, son oportunidades de crecimiento y de sanción.

Con frecuencia digo a mis pacientes, en la primera cita, en la que percibo temor o vergüenza por estar ahí, (“van a pensar que estoy loco”) que “los verdaderamente locos” no asisten a terapia porque ellos consideran que están bien. Que quienes buscan terapia son “los que quieren estar mejor”. Al pensar el contenido de esta entrega me he reformulado esta apreciación, pues en mi actualización como terapeuta he comprendido, que la locura nos permite curar nuestras heridas, tanto las del paciente como las propias.

En 1994, Guillermo Borja, psicoterapeuta mexicano, escribió un libro, autollamado Manifiesto Terapéutico, prologado por Claudio Naranjo, que lleva por título justo esta afirmación: La locura lo cura. “La patología canalizada -decía el autor, ya fallecido- se puede volver pedagogía” … es una primera frase que me hizo cambiar la mirada. Y me recuerda otra que he aprendido de mi maestro Jorge Llano, discípulo de Guillermo y de Claudio: “poner el trauma al servicio”. En ambos casos, se trata de resignificar la enfermedad, el padecimiento, el malestar. Especialmente el malestar emocional, la locura.

En el primer capítulo del libro en mención, al tratar la locura del loquero, Guillermo Borja hace varias afirmaciones que por ser evidentes no han sido reconocidas suficientemente por quienes nos dedicamos al oficio: “Solamente la enfermedad puede llevar a curar… Uno solo puede ayudar cuando se reconoce enfermo… Los terapeutas deben de empezar reconociendo su enfermedad… No se puede resolver nada profundo si no es a través de una crisis, pues ella misma posee los elementos de la curación…”.

En mi camino como terapeuta me he negado sistemáticamente a catalogar, a encajonar en parámetros elaborados por no sé quién, a mis pacientes. Porque nuestra sociedad está llena de prejuicios y lo que menos se necesita en la ruta de la sanación es caer en ellos. Creo que mi tarea como terapeuta es permitirles a mis pacientes que miren su dificultad a partir de que haya sido capaz de mirar la mía. Yo no ofrezco soluciones, permito ser un espejo, a veces caro, con frecuencia turbio, en el que puedan mirarse y encontrar sus propias soluciones. El sacerdote da consejos, el amigo. El terapeuta conflictúa y confronta, activa el conflicto para que el paciente se dé cuenta, haga consciencia y se responsabilice. En este sentido, negar la locura del paciente y la mía sería cerrar las puertas a la consciencia y a la sanación.

No podemos conformarnos con ser funcionales, con ser simples personas educadas, menos podemos aceptar parámetros que sólo nos han brindado insatisfacción y angustia. Las aguas más calmadas suelen ser las más podridas.

Los refranes populares son sabios: “De médico, poeta y loco, todos tenemos un poco”. No lo olviden.

¡¡Hasta la próxima!!

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