Evolución dentro del matrimonio

L.P. y L.C.T.C. Fátima del Rosario Covarrubias Gurrola

La historia del matrimonio comenzó con los modos en que las culturas antiguas celebraban y formalizaban la unión de sus reyes y nobles. A menudo el matrimonio se traducía en cambios dinásticos, uniones estratégicas o cambios en la sucesión del poder político, según fuera el caso.

En ese tiempo los plebeyos no celebraban matrimonios, pues no era necesario para tener relaciones sexuales o para concebir hijos, salvo si deseaban hacer algún tipo de ceremonia sencilla para dar seriedad a la relación. En este tipo de uniones, se involucraba un intercambio económico, pues quien recibía la esposa también recibía el control de una dote perteneciente a la mujer, que podía ser animales, propiedades o un terreno para iniciar una familia productiva y sostenerla.

Según la cultura y la religión, el matrimonio podía ser monogámico (una sola mujer y un solo hombre) o poligámico (varias mujeres para un solo hombre), como en la tradición oriental, pero tal y como lo entendemos hoy en Occidente, el matrimonio nació en la Antigua Roma.

Proviene de la palabra matrimonium y estaba sujeto a ciertas leyes y normas. Luego fue asimilado por la naciente cultura cristiana, la cual lo convirtió en un vínculo sagrado, celebrado ante Dios conforme ciertos ritos provenientes del Antiguo Testamento, es decir, de la religión judía.

Derivado de la separación de Estado y Religión ocurrida en occidente desde finales del medioevo, el matrimonio se fue convirtiendo más en una figura legal que en un nexo religioso indisoluble. De ahí que el matrimonio civil permitía casarse a personas de religiones distintas o impedidas por la ley eclesiástica. También fue posible el divorcio, que permitía la interrupción del matrimonio, aunque la iglesia tardó en reconocerlo, pues sus votos matrimoniales son “hasta que la muerte los separe”.

Actualmente el matrimonio o unión conyugal por definición es una institución social fundamental, que involucra a dos personas físicas y naturales. Es la forma de oficializar un vínculo de pareja y someterlo a las normativas legales, sociales, morales e incluso religiosas dictaminadas por la sociedad.

Sin embargo, el matrimonio como figura legal es una cosa, mientras que la relación afectiva y emocional entre las partes, es otra. Es sabido que la religión se esfuerza por mantener una estructura que instruya a los contrayentes para mantener un matrimonio más sólido, y lo hace a través de charlas prematrimoniales, congresos y otras actividades con el propósito de afianzar el vínculo, pero el trato de la pareja, corresponde sólo a la misma.

Respecto a la convivencia dentro del matrimonio, obviamente cada unión tiene sus reglas y formas determinadas de trato, sexualidad, lo que es permitido, los temas de los que se habla, de los que no, la tolerancia y perdón ante ciertas circunstancias, etc. Pero eso también es algo que ha cambiado con el paso del tiempo, pues mientras hubo épocas en las que se privilegió la figura femenina con el matriarcado, la imposición, autoridad y hasta autoritarismo del hombre en el matrimonio ha persistido durante generaciones en muchas culturas, incluida la mexicana.

Conforme ha pasado el tiempo, la convivencia en el matrimonio ha sufrido modificaciones, pues mientras antiguamente la mujer en nuestra cultura mexicana no tenía ni voz ni voto, las nuevas generaciones de esposas han recuperado su voz y ganado espacios en entornos donde anteriormente no figuraba.

Sobra decir, que cuando los acuerdos no son alcanzados en matrimonios nacientes, existe la opción del divorcio legal, al que se oponen algunas personas de edades más avanzadas (padres, abuelos de los contrayentes), pero esto responde más bien a las creencias de orden religioso que les impide pensar que las personas puedan romper el vínculo, aun cuando implique que los matrimonios tengan una precaria calidad de vida y en algunos casos, nula.

Y aunque el avance es notorio en materia de respeto y convivencia en el matrimonio, no se puede negar que aún hay sectores donde impera aún la formación del dominio masculino sobre la mujer, pero no sólo sobre la esposa, sino sobre las hijas, lo que garantiza que este tipo de educación se perpetúe. No obstante, el despertar y empoderamiento de la mujer crece a pasos agigantados si se compara con antaño, pues es más consciente de sus derechos, se plantea metas y visualiza lo que quiere lograr en su vida.

Es necesario señalar que este avance del sector femenino no podría darse si no existiera una madurez mental de parte de la población masculina, que ha permitido que la mujer en el matrimonio forme parte activa de la educación de los hijos, de la economía, de las decisiones del hogar, etc. Es decir, se trata de un crecimiento que se ha dado en ambos sectores, por conveniencia o no, pues mientras hay quienes defienden el punto de que los hombres han tenido que aceptar este nuevo rol de la mujer que sale de casa para trabajar y poder aportar recursos para mantener el hogar, hay otros que fijan su postura en torno a que este fenómeno es una reacción generada por la necesidad de equilibrio en nuestra sociedad.

Sea como sea, tanto hombres como mujeres casados, han tenido que modificar sus comportamientos y maneras de reaccionar ante los retos de la vida y para ello, ambos sexos continúan trabajando en una reestructuración de sus pensamientos y creencias que abonen a una mejor convivencia, a pesar de que la formación de cada uno haya sido distinta en sus hogares de origen.

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