La aceptación corporal no es un camino romántico

Por Dulce María Michaca Castañón
Lic. en Psicología
Acompañamiento psicológico en trastornos de la conducta alimentaria

Quiero iniciar mencionando, que no nacimos rechazando nuestro cuerpo.

Cuando éramos pequeños, algunas de nuestras más grandes preocupaciones era que el día fuera lo suficientemente largo para seguir jugando… Sin embargo, conforme fuimos creciendo estas fueron cambiando, y entonces empezamos a recibir mensajes del entorno sobre cómo se suponía que “deberíamos” lucir físicamente: ¡Estás muy flaca! ¡Estás muy gorda! ¿Sí comes? ¡Ya bájale poquito a la comida! ¡Que blanquita estás! ¡Ay, qué morenita! Ningún niño piensa que hay algo mal con su cuerpo, hasta que alguien se lo hace notar.

Por otro lado, hoy en día sabemos y tenemos más claro, que se nos ha vendido la idea de un estándar de belleza inalcanzable e irreal: “el cuerpo perfecto”. La mayoría de las personas que habitamos en este mundo no tenemos un cuerpo parecido al que vemos en revistas, televisión y más recientemente en redes sociales, en realidad sólo un porcentaje muy pequeño es el que posee un cuerpo similar al estándar ideal.

Hay otro aspecto importante a resaltar, pues hemos pasado de saber que un cuerpo perfecto no existe al “Tienes que amar tu cuerpo siempre”. Una exigencia 24/7 que ha tergiversado la aceptación corporal. Un ejemplo muy claro de esto es el amor propio comercializado, que vende y difunde dietas, détox, retos de ejercicio para tener “cuerpo de verano”, donde a final de cuentas, el mensaje es el mismo, “necesitas cambiar algo de tu cuerpo para amarte”.

Aquí es donde nos enfrentamos con la esencia más profunda de la aceptación corporal; reconocer que hay aspectos de mi físico que no van a cambiar nunca jamás, como el tamaño de mis pies, manos, estatura o proporciones, y eso no es conformismo, es aceptación.

Aceptar que hay algo de mí que no me gusta, no me obliga a amarlo, pero sí me hace consciente de dos elecciones; puedo decidir enojarme con aquello de mi cuerpo que no me gusta, insultarme, menospreciarme e incluso lastimarme, y la otra elección es, elegir no amarlo y sólo convivir con su existencia.

Cuando vemos nuestro cuerpo como un problema, intentamos desde el rechazo hacer cambios, tales como hacer un tipo de ejercicio que no nos gusta sólo para modificar cierta parte del cuerpo, esta actividad termina siendo molesta, y lo hacemos como una obligación.

Pero cuando vemos a nuestro cuerpo desde la aceptación, podemos hacer cambios en nosotros de manera gentil, como hacer un tipo de ejercicio que disfrutemos; correr, bailar, saltar, ¡lo que sea que en verdad te guste!

La aceptación corporal no es un camino romántico, nos confronta con nosotros mismos, nos confronta con el mundo, nos confronta con nuestras propias creencias, nos hace apropiarnos de nuestra existencia, de validarnos, de reconocernos diferentes y valiosos independientemente de cómo lucimos en el exterior, pero, sobre todo, nos recuerda que no es necesario que ames algo para que lo respetes, y que lo mismo sucede con nuestro cuerpo, que no tiene que gustarte absolutamente todo de ti, para tener una relación en paz contigo mismo/a.

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