Madres ¿tóxicas?

Dra. Ma. Luisa Rivera García

¡Desde luego que ser madre es una tarea monumental! Conlleva tanto… “Sólo” tomar a un ser humano, a un alma y darle pertenencia, acogerla, orientarla, introducirla a la cultura en la que arribó, crecerla, madurarla. Cuidar el organismo que la alberga, con todo lo que eso implica. Reconocer y alentar sus posibilidades, sus capacidades, su inteligencia y virtudes. Así como enseñarle a atemperar el temperamento, a trascender dificultades y limitaciones. Hacer lo posible para influir en ese ser que te ha sido encomendado y apoyarlo en su camino para que se convierta en la mejor versión de sí mismo. “Cualquier cosa”.

Pero además hacerlo de buena manera, desde el amor maduro, esto es, abrazar, pero también limitar, corregir, jalar la rienda cuando sea necesario y soltar cuando es posible, cuando ya puede autorregularse.

Si quisiéramos hacer una lista de lo que una “buena madre” tendría que hacer para ganarse ese lugar, no terminaríamos. Además esa lista es diferente según la edad de cada hijo y también tiene diferencias según la cultura de adscripción y según el momento histórico que se viva. La demanda social hacia una madre no es la misma hoy que hace 100 años, ni es la misma para nosotros que para una madre indígena o europea. Así pues, es difícil, y sí, es muy fácil, de hecho, es más común equivocarse; es tanto, que imposible no errar.

Y claro hay de dificultades a dificultades. Sólo que para calificar o juzgar a una madre; para descalificarla o calificarla, tendríamos que saber algo de su historia de vida: ¿De dónde parte? ¿Que recibió ella? ¿Cuáles fueron las circunstancias de su acontecer? ¿Cómo llegó a la maternidad? ¿Con qué recursos contaba? ¿Cuáles fueron sus carencias?

Esa demanda infantil, que todos en algún momento tenemos, de la búsqueda de la madre ideal, perfecta, es eso, una demanda de un niño, de un ser inmaduro, que no ha vivido, que no conoce los “interlinguis” de nuestro acontecer como humanos.

Sí, sí sería maravilloso haber tenido esa madre que todos necesitamos, ¡perfecta! En su centro, segura de sí misma y de lo que hace como madre; con sus conflictos existenciales resueltos; puesta en su lugar dentro de su familia de origen y en su buen lugar dentro de su nueva familia nuclear a la que arribo como niño. Que sea independiente emocional y económicamente. Que ame a mi padre y se coloque frente a él como pareja y que ambos formen un equipo cómplice, equitativo, de crecimiento económico y profesional en donde ambos se apoyen a ser mejores personas desde la armonía. Que se acompañen en solidaridad con calidez y resuelvan sus conflictos desde la empatía y respeto.

¡Fácil! ¡Cualquier cosa! Desde luego que eso nos vendría bien, pero sólo somos seres humanos perfectibles, sí, perfectos no es posible, tal vez por momentos, tal vez acertados en algunas áreas, no en todas, no todo el tiempo.

Calificar a una madre de “tóxica” es un juicio, y tal vez sí lo fue y seguro alguna más que otra, pero y eso ¿De qué me sirve? ¿Dónde quedo como hijo con esto? ¿Cómo la víctima inocente de esa mujer? Pues sí, ¿Y luego? Quedarme ahí no tiene salida, porque el lugar de la víctima no tiene salida, te deja atorado, detenido en el sufrimiento. En el momento en que busques alternativas de solución, en ese momento dejo de ser víctima y alcanzo la mayoría de edad, emocionalmente hablando.

Madres “tóxicas” existen, sólo que en el momento en que logre verla con su historia atrás, con sus padres a la espalda, desde su contexto, la veré como lo que es: una mujer “ser humano” a la que le debo la vida y de la que puedo tomar de sus aciertos, pero sobre todo de sus dificultades para convertirme en un adulto que se hace cargo, y al trascender lo difícil convertirme en un ser más pleno, más sabio, más humano, un adulto.

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