Madres verdaderas

Dra. Ma. Luisa Rivera García

El otro día me tocó oír una conversación entre dos niñas de entre 8 y 10 años, una de ellas le preguntaba a la otra (qué es hija de acogida*) “¿Y quién es tu mamá verdadera?” “No sé” le respondió “Yo creo que la que tengo, ella es la que está siempre conmigo”.

Me hicieron reflexionar sobre qué vuelve “verdadera” a una madre, y creo que la pequeña tenía razón, el estar ahí en el día a día, cuenta. Atender sus necesidades, protegerlos y aún más protegerlos de ellos mismos. Cuidar su alimentación, su salud, su higiene, su formación académica, transmitirles valores, formas de relacionarse, códigos culturales, espirituales y/o religiosos. Enseñarles a cuidarse y en algunos casos a cuidar de otros, de su entorno o del planeta si esto fuera importante para la madre, porque es partir de ahí, de ese vínculo primario que el niño absorbe su microcosmos. Todo de lo que somos parte de la mirada de mamá, de cómo ella ve y se para frente al mundo.

Es por eso que el vínculo madre-hijo es un vínculo fundante, que empieza a construirse (o no) desde que se tiene noción del próximo arribo; desde el vientre; y es en el nacimiento que se acaba de consolidar, el recién llegado, sabe que necesita de “alguien” que lo sostenga en la vida y se va a aferrar a quien lo reciba, de preferencia y de manera fluida, a ese latido que ya le es familiar, que empezó a escuchar, cuando no sabía que escuchaba.

Ahora, cuando no hay nadie, nadie que consistentemente esté ahí para él, viven lo que conocemos como “Herida primaria de abandono”, primer trauma.

Al ser separados de su madre, por el motivo que sea, esos bebés, experimentan un primer trauma. Si además son institucionalizados o si la madre se queda, pero no está en condiciones de atenderlo, o lo está de manera intermitente, surge lo que ahora conocemos como “Trastornos por adversidad temprana”. Al inicio se hablaba de “Trastorno vincular” o “Trastorno reactivo de vinculación”. Ahora sabemos que es mucho más lo que se afecta, no sólo se trastorna el vínculo primario, de ahí surgen muchas otras complicaciones para el bebé y dentro del bebé.

En el cerebro del bebé queda registrada esa primera separación o, lo que me parece aún más difícil, esa inconsistencia a veces está, a veces no (en el caso de madres con alguna adicción), hasta que finalmente ya no está, al ser institucionalizado o separado de ella por algún familiar o ser dado en adopción. Esto deviene, por lo general, en una sensación de rechazo, de desconfianza, que puede acompañar a los niños de por vida.

La falta de una figura de apego constante y disponible afectará el futuro desarrollo emocional, físico y cognitivo del bebé en muy diversas formas.

Una madre de acogida va a “reparar” en la medida de lo posible, un corazón partido, lastimado, desconfiado, miedoso, inseguro, que además no sabe qué tiene, por qué no cree que lo amen, que se asusta del bienestar, que le es desconocido el recibir.

Y entonces, qué es lo que hace “verdadera” a una madre, desde luego que dar a luz, sin eso, no hay ¡nada! Después, el estar. Los niños que han sido acogidos por un alma, por un ser que está ahí para ellos, son afortunados, tienen dos madres, una que los trajo y otra que los sostuvo en la vida. Tan verdadera y tan necesaria la una como la otra.

Tendríamos que honrar a ambas, a los padres que están con ellas y a las familias que acogen junto con ellas a estos pequeños.

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