Perdí a un ser querido por Covid

Tita Velarde
Tanatóloga
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La muerte de un ser querido, siempre nos deja una estela difícil de superar, y mucho más cuando la muerte sucede de manera inesperada. Y ante esta situación nos percatamos que los seres humanos nos podemos adaptar ante cualquier circunstancia, pero nunca estamos preparados para perder a alguien que amamos.

La pandemia del siglo XXI por Covid-19 que nos ha tocado vivir, sin duda nos ha dejado muchas enseñanzas, y una de ellas es mostrarnos precisamente la vulnerabilidad que tenemos como humanos. La palabra vulnerable viene del latín, vulnus que significa herida, y el sufijo –abilis que indica posibilidad; entonces vulnerabilidad se entiende como la posibilidad de ser dañados o bien de sufrir una tragedia.

Hoy el Covid-19 nos hace vulnerables a todos sin excepción de raza, edad, sexo, religión, estatus social, complexión física o estado de salud. Y esta vulnerabilidad no es sólo para un virus, somos vulnerables a cualquier tipo de sufrimiento, de dolor y de enfermedad, debemos estar conscientes que nadie, absolutamente nadie, somos inmunes e intocables ante el dolor y sobre todo ante la muerte.

En mi experiencia profesional algunas de las emociones que más han presentado las personas que han tenido la pérdida de un ser querido a consecuencia del Covid, es la culpa y la ira. Algunas personas presentan culpa por el hecho de no haber llevado a su familiar a recibir atención médica a un hospital en donde pudiera recibir todos los servicios médicos de especialidad, ya sea porque el mismo paciente les solicitó que no lo hicieran o bien, por el temor de ya no volver a verlos.

Por otra parte, hay personas que se sienten culpables precisamente por haber llevado a su pariente al hospital, y no haber tenido la oportunidad de estar al pendiente de ellos en su hogar rodeados de sus seres queridos, de estar cerca para demostrarles todo el amor y brindarles todo lo que necesitaban.

La culpa y la ira, son emociones que tienen sus raíces en la frustración y en la impotencia de no poder hacer nada, de no lograr cambiar la situación, de que las cosas se salgan de control. Es aquí donde comienzan “los hubiera”, si hubiera hecho esto o lo otro, si no hubiera hecho aquello, etc., y aparecen también los “por qué… por qué a mi mamá, por qué a mi padre, a mi esposo, a mi hijo/a, a mi hermano… por qué a ellos y no a otros…

Estas emociones son las barreras más fuertes que se presentan en el proceso del duelo, ya que minimizan la ayuda que se pueda recibir y esto origina que no la busquen.

Ante esta situación, tenemos que ser conscientes de que cuando un ser querido enferma, hacemos todo lo posible para lograr que se sientan bien, hacemos todo lo que está en nuestras manos y en nuestro control para que no sufran, pero no tenemos el poder de decidir quien vive o quien muere, tenemos que comprender que no somos salvadores, sino que somos seres con una gran capacidad de amar, de apoyar, de ser empáticos y solidarios; de dar a esa persona que se encuentra vulnerable todo lo mejor que tenemos y todo lo mejor de nuestra esencia. Por lo tanto, para poder empezar a trabajar la pérdida y estas emociones, tendremos que tomar en cuenta lo siguiente:

  • Lo primero que tenemos que hacer, es reconocer que ante la muerte de mi ser querido me siento frustrado, no culpable; al ser honesto conmigo mismo y reconocer mi impotencia y mi frustración, la palabra culpa desaparece.
  • Reconocer qué es lo que pude hacer y qué no, qué es lo que estuvo en mi control y qué no. Esto no es una debilidad o una irresponsabilidad, es lo que pude hacer y lo que estuvo a mi alcance, por lo tanto, no hay culpa, porque no hay la intención de causar un daño.
  • Estar en el aquí y en el ahora, no vivir en el pasado y de recuerdos dolorosos, aceptar que mi ser querido ya no estará presente físicamente en mi vida de la forma en que acostumbraba, ahora aprenderé a reubicarlo en mi ser de manera diferente y más íntima, y aprenderé a recordarlo desde el amor y no desde el dolor.
  • No perder la confianza en uno mismo, en la familia, en los amigos y en ese poder superior en el que crees, para que de esta manera puedas tener la seguridad de que no estás solo/a y que ellos están contigo para apoyarte.
  • Evitar desgastarnos buscando culpables o responsables, no hay mayor desgaste físico y emocional que aferrarnos a algo que no pudo ser. Comprender la situación de los otros y reconocer que cada quien hizo lo mejor para esa persona amada.
  • Dejarse acompañar con y por amor, lo único que puede sustituir a la culpa, la ira o el miedo, es el amor, por lo tanto ama y permite que te amen.

Elaborar el duelo no es acostumbrarse al dolor, es trascender el dolor, es decir, valerse de esta experiencia para aprender de ella y alcanzar un mayor nivel de madurez emocional y una transformación interior completa, con el propósito de volverte más humano, más sensible al sufrimiento de los demás, más generoso, más bondadoso, más solidario, más humilde. En fin, una mejor versión de ti, y claro que al terminar tu proceso podrás recordar a tu ser querido con muy poco o nada de dolor.

Si descubres que te resulta demasiado difícil poner en claro los problemas y las emociones por ti mismo, consulta a un asesor profesional en tanatología, generalmente, una terapia a corto plazo te puede ayudar a salir del estancamiento y liberarte de todo lo que te impide caminar en tu proceso de duelo.

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