Un día en la historia de Durango | La leyenda de las siete ciudades

Pedro Núñez López

Afianzada relativamente la dominación española en el sur de Nueva España con la derrota definitiva de los aztecas y la sumisión de las demás tribus principales como los Tlaxcaltecas, michoacanos, tarascos etc., los conquistadores emprendieron en exploraciones, sedientos de ensanchar sus conquistas. Su curiosidad por todo aquello que se relacionaba con la historia de los vencidos, le hizo saber que estos habían venido en época muy remota de un país muy lejano llamado Aztlán y habían habitado posteriormente otro llamado Chicomoztoc (o lugar de siete cuevas).

A medida que sus exploraciones avanzaban hacia el Norte, la versión del lugar de las siete cuevas era sustituida. En un país riquísimo, se encontraban siete ciudades grandiosas, hermosísimas, que llegaban a la cumbre del poderío. Tales relaciones fueron después confirmadas por el Capitán Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, que con cuatro compañeros había escapado del desastre de la expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida, y posteriormente, ya cuando el Capitán Ibarra después de fundar la ciudad de Durango y recorrer la mayor parte del territorio durangueño, esas versiones se ratificaron con mayores visos de realidad.

Según aquellas relaciones, el país donde se asentaban aquellas suntuosas ciudades, era muy fértil, hermoso, pintoresco y tan rico en oro y plata, que los ríos arrastraban abundantemente arenillas del primero de dichos metates en estado nativo, y en igual forma se encontraba la plata en las montañas. Se contaba que cada una de aquellas ciudades tenía siete teocallis (templos) espaciosos y bellos jardines, monstruosos edificios y otras muchas maravillas.

Impulsado por aquellas versiones, Ibarra atravesó la Sierra Madre hasta Sinaloa, y de este lugar salió a fines de 1563 en busca de las ciudades fantásticas, llevando consigo al Padre Pablo de Acevedo, y seguro de llegar en breve a la primera de dichas ciudades llamada PAGME.

Una crónica asegura que el capitán Ibarra dio con la ciudad de Pagme, que era hermosísima, de suntuosos edificios, tenía más de tres leguas en cuadro, con casas de alto y palacios muy grandes de gusto arquitectónico especial, dilatadas y hermosas calles y plazas. Cercados de tapias que parecían de cal y canto sobre las cuales había atarjeas por donde corría el agua que provenía de una sierra muy alta. Agrega la relación que allí no hallaron los conquistadores alma viviente; las casas estaban abandonadas, todo en un silencio sepulcral. Encontraron allí maderas, grandes piedras de molinos, escorias de metal y una patena de cobre, lo que hizo presumir que aquel era un importante centro minero, dicen que la limpieza de la ciudad era extremada, sus calles amplias, rectas y muy bien orientadas, lo jardines estaban muy bien cultivados, innumerables Casas tenían jardincillos al frente o en sus patios, había largas y tupidas arboledas y embriagaba allí el aroma de las hermosísimas y perfumadas flores de clima tropical. Al recorrer Ibarra la ciudad hasta sus orillas, se encontró unos indios que le dijeron que los habitantes de aquella ciudad habían ido a donde sale el sol, debiendo estar a unas cuantas leguas de allí.

Todo aquello venía a confirmar las relaciones que los españoles habían obtenido acerca de las maravillosas siete ciudades, y el Capitán Ibarra se sintió estimulado para seguir adelante en busca de las demás; pero cansado y falto de víveres regresó a Culiacán y después a territorio de Guadiana con el propósito de organizar una expedición en forma para volver en busca de las misteriosas ciudades. Y en efecto, al año siguiente, con suficientes fuerzas y víveres atravesó de nuevo la Sierra Madre para Sinaloa, sufriendo algunas penalidades: el frío, las nevadas, las incomodidades, originaron muchos sufrimientos a los expedicionarios habiendo noches en que murieron de frío cuarenta caballos. Uno de estos murió helado y se cuenta que quince días después fue encontrado de pie en la misma postura en que había muerto y sin que le faltara nada.

Después de tantos padecimientos Ibarra llegó a Topia, en donde le hicieron resistencia los acáxees; pero logró atraérselos por medios pacíficos y celebrar con ellos la paz. Dejó en Tapia una guarnición y con el resto de sus fuerzas se internó en el territorio de Sinaloa. No hay noticias acerca de si este capitán continuó la búsqueda de las siete ciudades, ni se ha vuelto jamás a saber nada relacionado con la hermosa y suntuosa ciudad de Pagme. Solamente las supersticiosas consejas vulgares aseguran que dicha ciudad existe; pero que está encantada y desaparece cuando alguna persona extraña a ella se acerca a sus orillas.

Fuente de información: leyendas Durangueñas Prof. Everardo Gámiz Págs 48-49

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