Un día en la historia | Su alteza serenísima

Recopilación de Pedro Nuñez 

A principios de 1855, siendo Gobernador de Durango, el General Don José Antonio Heredia, se iniciaron y activaron algunas obras materiales en la ciudad de Durango, entre ellas la construcción de la Penitenciaría, cuyos incipientes muros, por corresponder a una obra anticuada e inconveniente, fueron después demolidos para fincar allí el edificio que hoy existe. Se activaba el enlosado de la plaza Principal, se levantaba una tapia para cercar la alameda de San Antonio, se reparaba la cerca de la Plazuela de Analco y se trabajaba en la cañería, utilizando en estas obras los servicios de los presos.

El 30 de mayo de aquel año se terminaron las obras de la plaza de la Constitución, que era un rectángulo cuyo lado norte miraba a los consistoriales y a Catedral, y del sur al antiguo Parlan. Estos lados medían 84 varas dos tercias de longitud, mientras los lados de oriente y poniente medían 89 varas una tercia.

El Zócalo, situado en el centro de la Plaza era de orden toscano. Los andadores exteriores de aquella plaza tenían cuatro varas de ancho, estaban pavimentados con cantera contando los andadores con 56 sofás de orden dórico, cada uno con tres varas de longitud, dos tercios de ancho y una media de altura. De los vértices de los ángulos partían andadores que iban a terminar al zócalo.

Este se destacaba en el centro de una plazoleta de 99 varas de circunferencia, encontrándose en un costado una fuente sobre un basamento de 32 varas de circunferencia, que formaba el tazón circundado por un balaustrón que se apoyaba en 36 metopas y cuatro pedestales con sus jarrones.

En medio de la fuente había una pirámide de orden compuesto, de 9 varas de alto hasta el ápice de las armas nacionales con que se terminaba la obra. La pirámide era octagonal y en sus ocho ángulos había, alternándose, cuatro monstruos marinos y otros tantos mascarones para surtidores de agua, y en la parte superior, entre primorosos festones, había cuatro lápidas circulares en bajo relieve con inscripciones doradas; al norte decía: “Fuente de Guadalupe”; al poniente: ‘Plaza de A. S. A. S. el General Santa Ana”; al sur: “Construido por orden del Exmo. Sr. Gobernador Don José Antonio Heredia”; al oriente: Se comenzó el día 18 de diciembre de 1854 y se concluyó el día 30 de mayo de 1855″. Sobresalía una cornisa en la que descansaban cuatro almenas coronando al águila nacional sobre bien esculpidos trofeos y todos los argumentos estaban cubiertos con piedra de metal de fierro.

La obra fue bendecida al inaugurarse el 1° de junio de aquel año, y esta función religiosa se amenizó con música, cohetes y otras muestras de regocijo. El Gobierno, esencialmente Santanista, dedicó aquella obra al General Antonio López de Santa Ana, entonces Presidente de la República, en ocasión del cumpleaños de este, y puso a nuestra plaza principal el nombre de su Alteza Serenísima, nombre que en realidad jamás llegó a darse a dicha plaza, sino por el reducido círculo de santanistas, ya que, entre el pueblo ni los más destacados conservadores dieron a este jardín otro nombre que el de plaza Principal o Plaza de la Constitución, la cual fue ampliada por el General Gabriel Gavira en 1917 y hoy está completamente transformada.

En oficio de 19 de junio de aquel año agradeció el agasajo el General Santa Ana, quien tenía los siguientes títulos: General de División Benemérito de la Patria, Gran Maestro de la Nacional y Distinguida Orden de Guadalupe, Caballero Gran Cruz de la Real y distinguida Orden Española de Carlos III, Gran Cruz de la Orden Águila Roja de S. M. el Rey de Prusia y Presidente de la República Mexicana.

Pero repetimos, la honra dispensada a Santa Ana, fue efímera, pues poco tiempo después se quitaron aquellas placas, únicas que daban al jardín el nombre de su Alteza Serenísima.

Las crónicas de aquellos tiempos cuentan que las fiestas de inauguración de la Plaza fueron suntuosas, deduciéndose que el entusiasmo del pueblo obedecía a su reconocimiento de la bondad de aquella mejora, mientras el círculo imperante de conservadores no paraban mientes en tal bondad y sólo veían en aquel acto su congratulación con el Dictador, cantándose frecuentemente en aquel círculo, con entusiasmo, coplillas muy de moda en aquella época.

Leyendas Durangueñas de Everardo Gamiz Olivas.

 

Puedes comentar con Facebook
Anuncios