La adopción, un paso valiente

L. C. y T. C. y L. P. Fátima Covarrubias

Una mujer joven con un matrimonio de más de diez años muy cercana a mí tras convencer a su marido, por fin decidieron emprender los trámites de adopción, después de haber luchado por años con los miedos propios de afrontar mentalmente las posibilidades ante una circunstancia como esta.

La adopción es una experiencia que requiere valor, conciencia plena y convicción suficiente para dar la bienvenida a los desafíos, pero también a las satisfacciones que ofrece. Lo que se requiere para adoptar desde el punto de vista legal no lo abordaremos en esta oportunidad, nos enfocaremos de manera breve, en tratar los aspectos relacionados con las repercusiones de la psique y de las emociones.

He escuchado incontables veces que adoptar es una especie de juego de azar en el que no se sabe cuál será el resultado, y que el porcentaje de sufrir decepciones es muy alto; por ello se opta por no correr el riesgo. Algunos autores han hablado de la importancia e igual trascendencia de los lazos afectivos, emocionales, psicológicos y obviamente físicos que existen entre el entrelazamiento biológico y el embone inconsciente, más allá de los datos genéticos.

Sostienen que, conforme a la información consciente, los procesos de adopción se realizan en un orden superficial, mientras que, en el esquema inconsciente, los lazos que se establecen con los hijos adoptivos son iguales y en ocasiones aún más estrechos que los genéticos.

Lo que plantean es que más allá del lazo biológico, existe información a nivel inconsciente que permite que las personas se logren conectar, en búsqueda de completar e intercambiar información. Algo similar a lo que sucede cuando conocemos a alguien con quien se tiene mucha afinidad sin saber la razón.

Al margen de la teoría freudiana, la formación de un ser humano siempre tendrá  sus cimientos en la familia. Por ello, el crecimiento de una persona será más sano en la medida en la que se pueda contar con una familia que le sirva de soporte.

Y es ahí donde retomo una de los ángulos que abordé al principio; la formación familiar es algo tan poderoso, que más allá de las tendencias conductuales que pueda tener el hijo, la educación brindada por la estructura familiar es la que permite tejer una red que le aporte apoyo firme a la persona en formación.

Dicho en otros términos, aquellas cosas que el hijo adoptivo posea como fortalezas, se potenciarán, mientras que aquellas tendencias nocivas serán debilitadas o sustituidas por códigos que le provea la estructura familiar que lo recibe. Es entonces cuando se puede hablar de un sistema enriquecido, siendo este la familia, ya que el sistema se puede ver afectado positivamente por la llegada del nuevo miembro y toda la información que aporta; y a su vez, este también es afectado por el sistema ya articulado, con toda la información que maneja.

Es de suma importancia encontrar el momento adecuado para informar al hijo sobre su origen y dejar muy en claro que el amor que se le ofrece en la familia, supera cualquier rastro de dicho origen. Se le debe recordar frecuentemente la importancia que tiene para la familia, el aporte que trajo su llegada, destacar sus cualidades, enfatizar sus fortalezas y, sobre todo, crear un ambiente en el que pueda expresar sus emociones y sentimientos, así como dudas al respecto del tema. Todo esto, siempre cuidando el lenguaje y la conceptualización de acuerdo a la edad.

Es de gran relevancia tener conciencia de que cuando se toma la decisión de adoptar se abre un abanico de posibilidades, pero lejos de alimentar los miedos que ya de por sí son numerosos, doy un paso para decirte que dentro de ese abanico también hay posibilidades por demás positivas que pueden brindar nuevos matices a la vida; nuevas perspectivas y ángulos antes no explorados. Sólo hace falta que la valentía despierte dentro de quienes anhelan tener un hijo y se anime a buscar esa alternativa. La adopción es una oportunidad para conocer a otro ser y conocerse a sí mismo.

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